¿Es posible desvelar un secreto que sólo conocen los que están ya muertos?

EL DESVÁN

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Quién soy

Nací en Salamanca en 1987. Me diplomé en Ciencias Empresariales en 2008 y desde entonces trabajo en el sector financiero.

Comencé a escribir pequeños relatos y poesías desde muy pequeña, y he compaginado este hábito, que más bien es mi gran pasión, con mi vida profesional.

Acabo de sacar a la venta mi primera novela, El desván una obra realizada con muchísimo cariño, escrita a caballo entre Lugo y una población de Ourense, que es donde resido actualmente.

Esta aventura comenzó una noche en la que no podía conciliar el sueño, así que encendí el portátil y plasmé día tras día una historia de misterio. Ya en el primer capítulo supe que no podía dejar a aquellos personajes abandonados en mi ordenador. Ahora sois vosotros, los lectores, quienes les ponéis en escena, y quienes convertís su historia en la vuestra propia, y vuestra historia se convierte en la historia de este libro.

Hace unas semanas he comenzado la que será mi segunda novela, con la misma o mayor ilusión que empecé la primera. Además de estrenarme con este proyecto en el que os encontráis ahora mismo navegando, mi web, donde subiré regularmente mis nuevos relatos.

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El Desván

¿Es posible desvelar un secreto que sólo conocen los que están ya muertos? Intrigante novela en la que descubriremos, a través de su protagonista, Alicia, la verdadera historia de tres generaciones de su familia.

Todo comienza cuando recibe una carta de una misteriosa mujer, cuyo contenido revela que su vida ha sido basada en una mentira.

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Invierno de 1984

“Laura, lo siento. Soy un cobarde. Lamentaré siempre dejarte este trozo de papel en vez de dar la cara.
Me voy, no me busques. No puedo aguantar esta vida más tiempo. Soy inmensamente infeliz y sé que tú también. Por eso he decidido irme lejos, y dejar que tú y la pequeña Alicia podáis tener una vida sin problemas, lejos de mí.
Me llevo su mantita, espero que no le importe.
Sólo te pido una cosa, no le digas que le abandoné. Invéntate cualquier cosa, pero no dejes que crezca sintiéndose abandonada. Sé lo que es eso. No te lo pido para mí, te lo pido para ella.
Me voy con el recuerdo de que en algún tiempo fuimos felices. Aunque te cueste recordarlo ahora, lo fuimos.
Siempre querré a aquella Laura, y siempre lamentaré haber hecho de ella esta mujer triste que ves cada día en el espejo. Estoy seguro de que sin mí, ella volverá. Te devuelvo tu vida. Hasta siempre.
Ramón.”

Laura no lloró, fue a por unas cajas, cogió las pocas cosas que quedaban de su aún esposo en casa y las empaquetó. Subió al desván de aquel lujoso chalet y las dejó abandonadas a merced del polvo que se depositaría en ellas los años siguientes. Polvo que enterraría esos recuerdos como la tierra tapa las ruinas. Sólo las tapa, no las hace desaparecer.

Y allí estuvieron años, pasando desapercibidas, esas cajas llenas de ropa y enseres donde lo más valioso, en términos económicos, era un reloj de oro de bolsillo. Sin embargo, dentro de ellas se encontraba lo más importante para aquella niña abandonada: su verdadera historia.

 

20 de marzo de 2010

El ruido del teléfono sacó de su bucle de pensamientos a Alicia. La melodía de R.E.M. “losing my religión” se escuchaba tímidamente desde su bolso. Nunca pulsaba la tecla verde hasta que terminaba la primera estrofa. Le encantaba esa canción.

-Sí, dígame- al otro lado hubo un largo silencio, seguido de unas temblorosas palabras.

–Hola cariño, soy tu tía Carmen. No quiero que te asustes pero estoy en el hospital con tu madre. Pide permiso en el trabajo y acércate al clínico. Me encontrarás en urgencias.- La llamada finalizó sin más palabras o comentarios.

Su tía Carmen era una de las personas más cercanas a Alicia porque la criaron entre su madre y ella.

Carmen era soltera y sin hijos. Siempre estuvo en casa con ellas dos. No vivía allí, pero todas las tardes iba a tomar café con su madre para cotillear sobre sus conocidos y los famosos.

A veces llevaba alguna revista y leían en alto los artículos del corazón. Pasaban las tardes debatiendo sobre quién era más o menos respetable de las chicas del famoseo. Opinaban de ellas como si las conociesen personalmente.

Con el tiempo llegó a comprender que aquellas dos hermanas que comentaban y opinaban sobre la vida de personas totalmente ajenas, que criticaban o defendían las decisiones y actos de esos personajes lo hacían por tener un tema de conversación que mantener y así evitar hablar de sus propias vidas.

Al menos delante de Alicia.

Mientras apagaba su ordenador y cogía el bolso para salir no era capaz de pensar en lo que se podría encontrar cuando llegase al hospital. Aprendió de su tía Carmen a expulsar los malos pensamientos de su mente y sustituirlos por algún bonito recuerdo. Era una fría mañana, aún había restos de nieve de la tormenta de hacía dos días y el tema de conversación de la ciudad desde entonces era el mismo: el cambio climático. Y los comentarios iban en esta línea: “Antes no había estas tormentas a finales de Marzo. Ya deberíamos ir con ropa primaveral y no con bufandas. Cuando yo era joven ya me había bañado en el mar un par de veces en estas fechas, ahora es imposible.”

Las aceras y carreteras ya estaban limpias pero en las copas de los árboles y en los parques seguían resistiendo esos copos de nieve ya convertidos en hielo. La gente se dirigía a sus trabajos y los jubilados a donde quisiera que fueran tan temprano. Llevaba caminadas tres manzanas cuando el frío ya se había apoderado de los dedos de sus pies, era un mal día para caminar con zapatos de tacón. -Tenía que haber comprado esas nuevas botas en vez de estos zapatos, pero son tan monos- pensó. – Voy a coger el autobús en la siguiente parada, así tardaré menos y el calor de la gente hará resucitar a mis pies.-

Cuando llegó a la parada del autobús seguía esforzándose por encontrar ese bonito recuerdo que le distrajese, el frío lo había conseguido, en parte, y pensar en zapatos también le ayudó, pero la imagen de su madre con bata de hospital le venía a la cabeza cinco veces por segundo, o eso calculó ella. Pasó su bonobús y saludó al conductor, el cual siempre devolvía su saludo con un –Buenos días guapa- palabra que nunca le gustó. Le parecía hipócrita llamar guapa a todas las personas, lo fuesen o no. No le gustaba. Y ella hoy no se sentía guapa, a pesar de llevar esos preciosos pero poco abrigadores zapatos porque no le había dado tiempo a peinarse ni a maquillarse como a ella le gustaba. Tenía una media melena castaña clara y unos ojos verdes enormes, su piel era de color blanco como la leche con unas mejillas permanentemente rosadas, en invierno su nariz también se teñía de ese mismo color. Lo cual ella odiaba, pues sentía que se parecía a un payaso.

El autobús estaba lleno, pero consiguió un lugar donde poder agarrarse para no caer en las curvas y frenazos. Cuando arrancó ya comenzaba a notar cómo sus dedos volvían a la vida y se aproximó, disimuladamente, hasta la estufa del autobús. Le costó unos minutos hacer comprender con miradas penetrantes a una señora de unos setenta años que estaba casi encima de la misma, que ella también necesitaba un poco de calor. Una vez consiguió tener unos centímetros de calor artificial se sintió satisfecha y miró por la ventanilla a aquellos que seguían su camino andando. Pero decidió dejar de mirar, porque ver a los demás helados de frío provocaba que ella no consiguiera calentarse. Volvió su mirada al interior del autobús.

Miraba distraída a las personas que tenía a su alrededor, era muy observadora y en seguida cayó en la cuenta de que no reconocía a los pasajeros, lo cual era normal, ya que ella cogía el autobús una hora más temprano y en dirección contraria. Pero cuando miró hacia la izquierda unos metros más delante, su corazón dio un vuelco. No lo podía creer. Ahí estaba mirando su Smartphone: Raúl.

Estaba diferente, pero era él. Cinco años habían pasado desde la última vez que le vio. Le pareció que era más alto de lo que ella recordaba. Vestía un abrigo negro con un gorro a juego, sus mejillas se sonrosaban con el frio y también con el calor, igual que a ella. Al observarle unos segundos, pudo comprobar que era de calor, es decir que llevaba ya un rato en el bus. Le vio con una maleta y pensó- ha vuelto de visita unos días, lleva cuarenta y cinco minutos aquí. Seguro que ha cogido el tren que llega a las ocho.- Sabía de memoria el horario de los trenes.

No podía creer que lo tuviera delante. Le miraba intentando disimular, le veía mover los labios cantando la canción que escuchaba en los cascos. Se le quedó mirando como si se tratase de un cuadro. Pensó al fin-… ¿Debería ir a saludarle? Y si…. ¿no me devuelve el saludo? ¿Me tendrá rencor?- Los pensamientos no dejaban de fluir por su cabeza. Pero con esto había conseguido parar de imaginarse las peores situaciones que se podrían estar dando en el hospital- Voy a ir a saludarle, quiero saber qué tal le va. Quizá le invite a un café y me cuente lo que ha hecho durante este tiempo. No, mejor hago con que no le he visto y me escondo entre la gente. Pero si me ve, y no le he saludado yo antes, a lo mejor luego no me saluda él a mí. No sé qué comportamiento social es el adecuado para estas ocasiones. Le rompí el corazón, aunque, también me lo rompió él a mí. ¿La chica de su lado le acompaña?
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