Subiendo montañas

La húmeda mañana de invierno se colaba por las endebles ventanas de la habitación. Por su boca exhalaba aire convertido en humo, como quien respira contra un congelador. Su melena estaba cubierta de escarcha y la piel de su cara estaba blanca como la de un fantasma. Sin embargo bajo tres gordas mantas ,su cuerpo perfectamente tapado e inmóvil tenía una temperatura perfecta.

Abrió los ojos siendo absoluta conocedora de dónde se encontraba y se desperezó mientras tocaba la humedad congelada en su cabello. Sacar su débil cuerpo de esas mantas le iba a suponer más esfuerzo del que pensaba. Se quedó varios minutos divisando desde la misma posición que había tomado la anterior noche la bata pelosa que colgaba en la puerta y deseaba con todas sus fuerzas que esta acudiese a ella por arte de magia.

Pero como casi siempre en esas ocasiones apareció él tras la puerta, como si le hubiese leído los pensamientos y la llevó sonriendo hasta el lecho.

Sin mediar palabra entre ellos, bajaron hacia la cocina y ella miraba el amanecer del pueblo mientras él exprimía unas jugosas naranjas. Cerró sus doloridos ojos y respiró el aroma de las tostadas y del café recién hecho. A lo lejos se escuchaban las campanas de la iglesia y a los niños charlando animadamente mientras esperaban el autobús que les llevaba al colegio.

Se sentía culpable de no coger el autobús tampoco ese día, sobre todo porque sentía que eludía su responsabilidad. Hacía ya un año desde la última vez que se subió a él para ir a la ciudad, pero desde hacía unas semanas ya no se ponía nerviosa al ver la trasera de aquel destartalado vehículo, que soltaba tanto humo negro por su tubo de escape que iba dibujando la serpenteante carretera de la sierra. Read more

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