17/01/2016 Lorena

Bar de carretera

Bar de carretera

 

Empecemos desde el principio, que es como se hacen bien las cosas. Nací a finales de los años 90 en Madrid, mi padre era empresario y mi madre camarera. O más bien eso era lo que ellos me decían, y lo que yo le contaba a mis amigos, puedo pensar que me mintieron, aunque no es del todo cierto, porque un traficante de drogas no deja de ser un empresario y una prostituta también hace las veces de camarera.
A pesar de haber conocido estos hechos a una edad temprana, yo siempre seguí contando a mis amigos que mi padre era empresario, y que mi madre era camarera, y como alguno de ellos dijera lo contrario se las veía con mis puños a la salida del colegio. Por suerte para mí, no era el único en el colegio que tenía unos padres… especiales, y las peleas a la hora de la salida cada vez tenían diferentes luchadores. Con el paso de los años acabé teniendo más afinidad con los otros niños que tenían situaciones similares a la mía, y poco a poco nos convertimos en un grupo de amigos que intentaban imitar las actividades de sus padres. En algunos casos bajo la tutela de estos, en otros por nuestra cuenta. Si mi padre llegase a saber que comencé a vender marihuana en el colegio me habría dado tal guantazo que aún no habría despertado del coma en el que me habría inducido.
Quiero que quede constancia, señor juez, que no quiero con esta redacción meter en líos a nadie, ni que se realice ningún tipo de acusación sobre las personas a las que voy a hacer mención. Simplemente he pensado que la mejor forma de explicar mi situación actual es remontándome al principio del todo, de esta manera quizá puedan comprender por qué tuve que matarle. No pido clemencia, porque no niego que lo hice, pero si consigo hacerles comprender mis razones quizá no cataloguen mi acto como un asesinato.

CAPITULO UNO: LA INOCENCIA ES NATA, HASTA QUE TE LA ARREBATAN.

Cuando eres un niño de tres años sólo piensas en jugar, en que te quieran y en dormir a salvo. Por suerte, yo tuve todo eso. Recuerdo el burdel de mi abuela como un gran lugar donde correr y jugar al escondite. Constantemente las chicas me cogían en brazos y me hacían carantoñas. Uno de mis primeros recuerdos es estar jugando con Nancy, una niña rubia preciosa que brillaba, no debía tener más de catorce años y siempre estaba conmigo. Jugábamos al pilla-pilla y luego ella me cantaba una canción con la que conseguía que me quedase dormido, y cuando esto pasaba, la veía alejarse con aquel brillo que desprendía su vestido de lentejuelas, y la veía, desaparecer con un señor sin rostro que le abrazaba por la cintura, yo me sentía celoso, pero aún así me quedaba dormido igual. Ese recuerdo no se ha borrado de mi memoria, y cada vez que veo un vestido de lentejuelas plateado en una joven rubia me acuerdo de la dulce Nancy. Lo bueno de aquel recuerdo es que no pienso en la pena que me debería dar aquella niña que se prostituía en el burdel, sino en la dulzura con la que me trataba.
Sobre lo demás que ocurrió cuando tenía tres años no tengo muchos recuerdos. Mis padres dejaron de convivir, y yo me fui con mi madre, aún así continuaba viendo a mi padre muy a menudo. Nos fuimos a vivir a las afueras de Madrid, en una casa de dos plantas con patio trasero, allí sí que podía correr y jugar. Aquella era la casa de mi abuela, estaba justo al lado del burdel y por las noches me costaba mucho dormir, ya que estábamos al lado de una carretera y la gente trasnochaba dando muchas voces. A veces, cuando oía que dos hombres discutían entre ellos muy cerca de casa me metía debajo de las mantas deseando que Nancy viniera a cantarme una de sus canciones, pero nunca lo hizo, y yo siempre estaba solo en casa por las noches. Desde muy pequeño tuve muy mal rendimiento escolar, y estoy seguro de que parte de culpa la tiene pasar aquellas noches en vela en las que acababa mojando la cama y lavando todo para que mi abuela no me regañase. Tenía muy mala uva.
Debía de tener cinco años cuando mi madre me contó que iba a tener un hermano, me alegré al saberlo porque hacía semanas que le veía una barriga enorme y pensaba que estaba enferma de tanto estar en la cama. Lo mejor de que viniese un hermanito es que así pude estar mucho tiempo con mi madre. Volvía a tener los mimos que tanto ansiaba y a no estar solo por las noches.
Pero cuando mi hermanito nació todo volvió a ser igual que antes, bueno, más o menos, porque ahora nos quedábamos los dos solos por la noche,… de vez en cuando venía mi abuela para comprobar que estuviéramos bien, pero la verdad que yo prefería que no viniese, porque cada vez que lo hacía una bronca me caía: que si mira que el bebé no respira bien, que si cámbiale de posición, que si se ha cagado,… y yo lo hacía siempre bien, lo que pasa es que cuando ella venía el cabroncete hacía algo para que me tocase la bronca.
Menos mal que pronto empezó a andar, así tuve un compañero para jugar, por el día y por la noche. Cuando empezó a hablar jugábamos a imitar las peleas de borrachos que escuchábamos desde casa, y de esta forma dejé de tener miedo de las peleas que había fuera, porque siempre acababan igual, se pegaban dos puñetazos y acababan volviendo dentro del burdel siendo casi mejores amigos.
El colegio estaba a pocas paradas de autobús, no sé por qué, el último día de curso me tuve que llevar al pequeño cabroncete, pero como ya andaba no me importaba mucho. Isabel, mi señorita, me dio las notas y me dijo en un tono muy dulce que tenía que repetir el curso, que eso era lo mejor para mí. Pero ella no comprendía que eso no podía ser, que iba a perder a todos mis amigos, ¿a quién le hacen repetir segundo de primaria? Pues a mí me lo hicieron. Cuando llegamos a casa ya estaban mi madre y mi abuela preparando la comida y me pidieron las notas,…se las di y bueno, lo que pasó ya os lo podéis imaginar, estuve castigado de por vida sin televisión, sin salir a jugar, sin salir de mi habitación y sin escuchar la radio. Ahora que lo pienso tengo más privilegios en la cárcel que en aquel castigo.

Aquella noche parecía calmada, pero yo no podía dormir, me parecía injusto que me castigasen de por vida por repetir curso, cuando la culpa no la tenía yo, la culpa era de tener que cuidar al cabroncete de mi hermano pequeño. Le deberían castigar a él por pelma y no a mí. Pues con todo mi enfado me acerqué a su cama, dispuesto a propinarle la paliza de su vida, pero algo me detuvo cuando ya estaba a su lado. Él se despertó también al escuchar aquel grito desgarrador. Era una mujer, y se escuchaba cómo en la planta baja se caían muebles y platos. Parecía que la bronca del callejón se había metido en casa, pero ahora era una mujer. Se escucharon voces y lo que parecía un forcejeo y por último un grito sordo más antes de escuchar la nada. Los dos hermanos nos quedamos petrificados, muertos de miedo, creo que los dos nos meamos encima, no podíamos movernos y no sabíamos qué hacer. Al cabo de unos interminables segundos escuchamos a alguien salir corriendo de la casa, nos asomamos a la ventana y vimos la silueta de un hombre meterse en un camión y salir echando chispas de allí.
Sólo pude pensar en esconder al pequeño e ir a buscar a mi madre, pero ello implicaba bajar a la planta de abajo, y me daba miedo bajar hasta allí. Porque sabía que habían entrado dos y que sólo había salido uno.
Escondí a mi hermano en el armario y me quedé yo en la habitación, pero el miedo se apoderó de mí y me metí en el armario con él. Nos abrazamos y nos quedamos dormidos, tuve una pesadilla y me desperté de repente, no tardé en acordarme por qué estábamos en el armario. Seguía siendo de noche, y seguía sin venir nuestra madre a protegernos. Así que al fin cogí el valor que puede tener un niño de seis años y comencé a bajar las escaleras, agarrándome al pasamanos todo lo fuerte que podía y con movimientos muy lentos, según iba acercándome a los últimos escalones podía ver cómo los muebles estaban por el suelo, por un momento pensé en la bronca que me iba a echar la abuela, y entonces tuve casi más miedo de la mala uva de mi abuela que de lo que había ahí abajo. Ya estaba en la planta baja y no veía más que muebles tirados, tenía la puerta de la calle enfrente mía y decidí ir corriendo hacia ella, y mientras hacía esto algo me deslumbró a mi izquierda, instintivamente miré y vi el vestido de lentejuelas de Nancy, pero dentro de él no parecía que estuviese ella, así que me acerqué para ver quién le había quitado el vestido a la dulce Nancy y por qué estaba tumbada en la cocina. Ya estaba a medio metro cuando vi que una rubia melena estaba tintada con un color rojo espeso, como el que en el colegio un día se me rompió el boli rojo. La llamé por su nombre pero no respondía.
-Nancy. Venga despierta, no puedes dormir en la cocina.
-Nancy, no quiero jugar a este juego, estoy asustado.
-Nancy por favor. Despiértate, o la abuela nos va a regañar a los dos.
Me asomé un poco más y vi la cara de su dulce Nancy totalmente destrozada. Yo no sabía lo que era la muerte, pero aquel día supe que la luz de Nancy se había apagado para siempre y no pude hacer otra cosa que cuidarla, igual que ella me había cuidado siempre a mí. Fui a por una manta y la tapé para que no tuviese frío, le canté su canción, intenté limpiar su sangre para que no se sintiese húmeda y terminé acostándome a su lado para que no se sintiese sola.
Cuando los primeros rayos de luz atravesaban las ventanas, mi madre y mi abuela atravesaron también la puerta y al descubrir el cuerpo sin vida de Nancy me alejaron brutalmente de ella y no pude hacer otra cosa más que llorar y pedir que la cuidasen, que estaba malita, que la cuidasen.
Aquella fue la última noche de mi infancia que pasé en aquella casa. Después de que un montón de policías me preguntasen lo que vi, lo que pasó, que por qué la tapé,…para mí era obvio pero ellos no lo comprendían. Pues después de todo eso, mi madre me llevó a Madrid capital, a un sitio en el que nunca había estado. Llamamos a un telefonillo y subimos hasta un quinto en un ascensor, y al llegar arriba una puerta se abrió y tras ella apareció mi padre. A mí no me dieron más explicaciones, pero oí que ellos discutieron. Por lo que entendí, iba a pasar una temporada con él, y parecía que a él no le hacía especial ilusión. Sin embargo a mí sí, nunca había pasado una noche con él desde que se separaron y me parecía toda una aventura.