16/08/2016 Lorena

Náutico

náutico

 

El sol comenzaba a caer en el horizonte, quedaba muy poco para que comenzase a desaparecer tras la fina línea que dibujaba el océano Atlántico, que esa tarde presentaba una calma más característica de un lago.

La niebla había estado presente durante todo el día, y ahora caía como una losa sobre la costa, ya apenas se vislumbraban los techos de las caravanas en el parking.

Pedí en la barra del chiringuito dos botellines de Estrella Galicia y los llevé a nuestra gran toalla, la cual pasó de secar nuestros cuerpos al sol a hacer las veces de manta. A pesar de que el tiempo no acompañaba, todos los allí presentes nos negábamos a abandonar aquella mágica cala.

Disfrutábamos de aquellos botellines mientras personas de todas las edades se adentraban en la ría con diversos fines. Un grupo de buceadores, aventureros de avanzada edad, hacían su bautizo submarino, y pocos minutos después desaparecieron de nuestra vista, ya no se veían sus negras aletas, aunque una pequeña balsa roja nos avisaba de que ahí abajo, en algún lugar, estaban disfrutando por primera vez en su vida de las maravillas que se esconden tras el umbral de la capa superficial de agua, a la que tanto tememos en ocasiones.

En el otro extremo de la playa había unos quinceañeros temerarios con equipos de snorkel, algunos de ellos parecían delfines, pues en ocasiones se tiraban más de dos minutos aguantando la respiración bajo el agua. Era maravilloso el contraste de estos dos grupos al que los separan tantos años, tantas vivencias, pero que realmente les siguen gustando las mismas cosas, jugar en el agua.

Se acercaban poco a poco a la orilla piragüas y tablas de paddle surf, era muy gracioso ver cómo alguno de sus tripulantes caía al agua helada y aún así volvía encima de la tabla como si nada hubiese pasado, más frescos que una lechuga, mientras los que estábamos en la orilla nos resguardábamos como podíamos.

Unas viejas glorias del rock se abrigaban con las fundas de sus guitarras, dejando a estas descansando sobre la fina arena, esa arena tan suave que podía ser envidiada por cualquier fabricante de colchones viscolásticos.

Los grandes perros que pertenecían a aquella cala, igual que los mejillones de las rocas, se rebozaban en la arena y quedaban panza arriba esperando a que unos niños, que parecían los raterrillos de Ciudad de Dios, acudiesen a rascarles sus barrigas y a tirarles palos, raterillos con sudaderas de marca.

Uno de los niños era rubio platino con el pelo largo, se llamaba Atila y su madre no paraba de regañarle por jugar con los perros.

-Atila deja al perro, Atila ven a merendar, Atila no hagas eso,…

Curioso nombre, curioso niño, curiosa madre.

Cuando nuestros botellines agotaron la mitad de su vida, comenzó a escucharse el directo de un grupo de indie-rock en el, siempre destartalado y siempre encantador, chiringuito Náutico. Nos perdíamos en la melodía de aquellas canciones cuando dos adolescentes, que estaban pasando la tarde unos metros más atrás de nosotros, se enzarzaron en una pelea a gritos

-Que me des mi móvil.

-Que me dejes en paz idiota.

-Que me des mi móvil o te mat…

Formaban tanto revuelo que hasta me pareció ver de reojo que los buceadores salieron de las profundidades para ver qué pasaba en tierra firme. La música no paró pero ya casi no se oía desde la playa, amortiguada por los gritos y golpes que se propinaban los adolescentes. Uno de ellos se quedó con la palabra en la boca cuando un señor melenudo con una barba más larga que su pelo cano, de dimensiones descomunales y con una chupa de cuero que no pegaba en absoluto con sus chanclas de lunares, hizo que la atención de todos los presentes se posase sobre él, sobre él y sobre el bate de beisbol que sujetaba con su mano derecha.

-Eh tú, devuélvele el móvil al chaval, y tú, pringado, en mi playa no se arman peleas.

El pringado se asustó tanto que ni si quiera esperó a que el otro chaval le devolviese el móvil y se fue corriendo. La escena fue tan cómica que pasamos del estupor a la risa en cuanto vimos al chico corriendo torpemente por la arena, seguido por el otro, que al parecer también huía despaborido de aquel melenudo y detrás de ellos iba uno de los perros, un precioso golden ,que llevaba en su boca unas gafas de snorkel las cuales había robado a unos de los pequeños raterillos con sudaderas de marca.

En cuanto ese trío cómico salió de escena todos volvimos a lo que estábamos haciendo, que era agarrar el último día de verano hasta el fin.

Nuestros botellines de cerveza vieron el fondo mientras en el horizonte el sol desapareció tras el mar, dando el relevo a la luna tras la densa niebla. Todos los humanos se reunían para escuchar un gran concierto en una fría y húmeda noche de las Rías Baixas mientras los perros y las gaviotas se echaban a dormir. Acabamos la noche pidiendo botellines de Estrella Galicia a pares, en el mejor bar de playa que jamás conoceré, donde no sirven ni infusiones, ni leche caliente, ni…mosto.