07/03/2017 Lorena

Subiendo montañas

La húmeda mañana de invierno se colaba por las endebles ventanas de la habitación. Por su boca exhalaba aire convertido en humo, como quien respira contra un congelador. Su melena estaba cubierta de escarcha y la piel de su cara estaba blanca como la de un fantasma. Sin embargo bajo tres gordas mantas ,su cuerpo perfectamente tapado e inmóvil tenía una temperatura perfecta.

Abrió los ojos siendo absoluta conocedora de dónde se encontraba y se desperezó mientras tocaba la humedad congelada en su cabello. Sacar su débil cuerpo de esas mantas le iba a suponer más esfuerzo del que pensaba. Se quedó varios minutos divisando desde la misma posición que había tomado la anterior noche la bata pelosa que colgaba en la puerta y deseaba con todas sus fuerzas que esta acudiese a ella por arte de magia.

Pero como casi siempre en esas ocasiones apareció él tras la puerta, como si le hubiese leído los pensamientos y la llevó sonriendo hasta el lecho.

Sin mediar palabra entre ellos, bajaron hacia la cocina y ella miraba el amanecer del pueblo mientras él exprimía unas jugosas naranjas. Cerró sus doloridos ojos y respiró el aroma de las tostadas y del café recién hecho. A lo lejos se escuchaban las campanas de la iglesia y a los niños charlando animadamente mientras esperaban el autobús que les llevaba al colegio.

Se sentía culpable de no coger el autobús tampoco ese día, sobre todo porque sentía que eludía su responsabilidad. Hacía ya un año desde la última vez que se subió a él para ir a la ciudad, pero desde hacía unas semanas ya no se ponía nerviosa al ver la trasera de aquel destartalado vehículo, que soltaba tanto humo negro por su tubo de escape que iba dibujando la serpenteante carretera de la sierra.

Su marido le servía el desayuno mientras miraba el reloj y soltaba un fino quejido. Sabía que llegaba tarde al trabajo otra vez, pero sabía que llegaría tarde mil y una veces más con tal de estar con ella sólo un minuto más. Con tal de no dejarla sola durante horas en aquella vieja casa de campo. Ella lo sabía. Él nunca lo dijo en alto.

Se besaron y  se echaron una última mirada cómplice y ella se quedó en el mismo lugar que ocupaba siempre en la ovalada mesa de aquella cocina. El sol ya estaba en lo más alto cuando decidió salir  de la casa. Pensó que ya era el momento, que llevaba días sin haber salido si quiera a por el pan y sin más señaló el catorce de febrero en el calendario como el día que iba a volver a ser ella. Acarició a su pequeño golden retrevier, se puso el chandal, las botas de montaña y los guantes y gorro de nieve y salió con él dejando la que era su “cueva” atrás.

Poco a poco notaba cómo el aire fresco llenaba sus pulmones, cómo su corazón latía más enérgicamente y cómo su pálida piel cogía un tono más vital. Subió hasta arriba de la peña que más le gustaba y una vez allí se sentó para disfrutar del paisaje. El final del invierno era la época que más le gustaba, porque desde allí arriba conseguía divisar las cumbres de las altas montañas y se veía casi como un espejismo cómo el agua comenzaba a brotar en pequeños hilos hasta unirse al gran río del valle, que comenzaba a mostrar su frondoso color verde. Aún no había florecido casi nada, y el color marrón rosáceo de la vegetación muerta perduraba, pero ya se intuían los tallos naciendo por debajo del campo helado.

Siempre apreció la llegada de los momentos más que estos en sí mismos. Y el hecho de notar cómo el mundo cambiaba bajo sus pies le resultaba mágico.

Le dio agua a su precioso cachorro, al que aún no había puesto nombre y se dirigía a él como “peque”. Le fascinaba su pelo, y adoraba achucharlo contra ella como un peluche que tenía cuando era niña. Sentada en aquella roca, mientras el sol calentaba todos sus músculos sacó un pequeño cuaderno y un boli de su mochila y escribió durante casi una hora. Al principio “peque” no paraba de saltar alrededor de ella para jugar, se entretuvo con varias cosas hasta que al fin se rindió y se quedó dormido al sol junto a ella.

Finalmente estiró su cuerpo, sonrió a su perro y dejó abandonado ese pequeño cuaderno en aquel lugar, lo tapó con ramas secas y siguió la ruta que le llevaba hasta una peña aún más escapada.

Allí en el suelo, bajo esas ramas se podía leer. Hay cosas maravillosas en el mundo como para dejar que las cosas horribles te aplasten el corazón. Hoy es el último día que dejaré de disfrutar del simple hecho de estar viva. Es como si las flores se rindieran para siempre sólo porque el invierno las marchita, al final ellas siempre se levantan cuando la nieve se va. 

Ha llegado, al fin, mi primavera.