29/08/2016 Lorena

Toby

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Sólo quien tiene o ha tenido perro sabe lo que se siente. Mejor dicho, sólo quien ha perdido a su mejor amigo sabe lo que se siente.

Hace poco más de siete años desde que acaricié su pelo por última vez, desde que me dio el último lametón en la mejilla. Y aún sigo recordándole casi a diario. Crecimos juntos, así que en todos y cada uno de los momentos cruciales de mi infancia y adolescencia él estuvo allí. Pero inevitablemente, recuerdo también aquella tarde en la que le subieron a una furgoneta para sacrificarle. La enfermedad no le dio más tregua.

Era mi mejor amigo, él sabía lo que iba a pasar, e igualmente me dio el último lametón demostrándome su amor. La última imagen que tengo de él es moviendo el rabo de felicidad por ir a la calle. Su afición favorita, salir a la calle y oler los culetes de otros perros, daba igual el que fuese, cualquiera que se cruzase en su camino le servía.

Recuerdo aquellas mañanas en las que le daba por desaparecer y nos tenía a todos buscándole desesperados por todo el barrio. Una de aquellas veces, todos salieron a peinar el barrio en su busca, pero yo me quedé en casa, por si aparecía por allí. Al cabo de una hora le vi aparecer en la acera de enfrente, paseando tan tranquilo, cuando un niño de mi colegio le metió una patada y se rió de mi pobre perro perdido, ahora también, herido por aquella patada. Porque no fue una patada cualquiera, le dio con saña. Desde aquel día ese niño se convirtió en mi enemigo mortal. Enemigo con sobrenombre además, pues nunca supe el verdadero y siempre será el niño que le pegó una patada con mala leche a mi pobre perro perdido y asustado.

Toby, el mejor perro del mundo. Sí, sí, sé que todos diréis lo mismo de los vuestros, pero de verdad que el mío era realmente un bonachón.

Otro de los momentos que están grabados en mi memoria es el día que Toby llegó a casa. Yo contaba nueve primaveras y mis hermanos siete y catorce.

Estábamos limpiando la casa mi hermana y yo con mi madre, cuando vimos por la ventana a mi padre y a mi hermano mayor salir de la furgoneta con una bola de pelo marrón pequeñísima. Mi madre se enfadó tanto que hasta tiró el limpiamuebles con un golpe al suelo y lo que dijo inmediatamente fue algo que me ha hecho gracia toda la vida.- La madre que los (esto lo censuro) que traen un perro, y encima es marrón, y los marrones se hacen grandísimos.

Cuando subieron a casa yo no veía la bolita de pelo marrón por ningún sitio y pensé que quizá había sido producto de nuestra infantil imaginación, pero de repente ahí estaba, lo sacó mi hermano de entre sus brazos y desde entonces quedé prendada de él. Tenía unas orejotas marrones oscuras preciosas que le colgaban hasta el final de su cara, el resto de su cuerpo era marrón clarito y tenía unos rizos envidiables por cualquier apasionado del estilo afro.

Los días siguientes le tuve un pánico absurdo, pues era un cachorro que sólo quería jugar, y los perros juegan con las patas y con la boca y mi mente de nueve años pensaba que esos dientes tan inmensamente diminutos me iban a hacer un daño insufrible. Era tan pequeño que no conseguía, si quiera, subir al sofá del salón, y ahí nos refugiábamos de él mi hermana pequeña y yo.

El miedo fue desapareciendo a medida que el pequeño Toby se convertía en el perro grande marrón que mi madre tanto temía. Ya de adulto, si se ponía sobre dos patas era más alto que yo, aunque eso tampoco era muy complicado.

Estuvo siempre conmigo, en las buenas y en las malas. Cuando llegaba a casa sentía el calor de un hogar antes de si quiera abrir la puerta, porque él ya estaba al otro lado ladrando, avisando, celebrando mi llegada, y al entrar me llenaba de lametones y movía tan fuerte la cola que a veces llegaba a hacerme daño en las piernas.

Cuando tenía gripe se dormía encima de mis pies para darme calor, cuando necesitaba alguien con quien jugar, él siempre estaba dispuesto. Cuando necesitaba estar con alguien pero no quería hablar, él estaba allí. Vivió conmigo el colegio, el instituto, la universidad y mi primer trabajo.

Era ,además, mi cómplice, porque cuando llegaba a casa tarde a la noche él tenía la deferencia de no ladrar para que mis padres no se despertasen. Y cuando me rompieron el corazón por primera vez fue la primera cara amiga que vi, y el pobre Toby aguantó un chaparrón de lágrimas que no era capaz de comprender.

Por eso digo que Toby fue el mejor perro del mundo. Era bondadoso, la maldad no entraba en sus planes. Me cuidaba cuando enfermaba. Estaba siempre para lo que pudiese necesitar. Jugaba siempre conmigo. Era compasivo, porque yo habría mordido al niño de la patada. Tenía muchas más virtudes que muchos homo sapiens.

Era el mejor, y doy gracias de haber compartido con él mi vida. Porque Toby siempre representará el lado bueno de las cosas que diariamente necesito saber que existe.

Él sólo pedía comida constantemente (si dejabas tu plato en el borde de la mesa te lo podía robar descaradamente) y bebía del wc en cuanto te despistabas, y también se escapaba y mordía alguna que otra zapatilla. Pero son faltas menores a cambio de la amistad más blanca que jamás podré tener. Y sí, me creo que el cielo de los perros exista, aunque sea una de las mayores mentiras piadosas que se hayan inventado. Él se merece descansar allí.

Yo seguiré con la costumbre de dejar el último currusco de pan y el último trozo de plátano porque siempre fueron para él.